
BIENVENIDOS A NUESTRA FÁBRICA DE EXPERIENCIAS.
Un sueño que nace gracias a un problema — uno de los buenos.
Cuando regresamos a la presencialidad después de la pandemia y a la dicha de poder volver a vernos las caras y compartir en persona, me puse el delantal de nuevo y comencé a crear de experiencias y clases de cocina.
Todo empezó muy bien. En cuestión de días se llenaban los cupos de las primeras experiencias que hice para grupos relativamente grandes y en vista de que no tenía un espacio para realizarlas, alquilé algunas cocinas profesionales muy bien equipadas que me permitían desarrollar cómodamente las clases.
Ahí llegó el problema. Conforme transcurrían mis clases y convocatorias, me encontré con el inconveniente de que estos espacios ya habían abierto su agenda de clases propias y la disponibilidad era muy limitada.
En otras palabras, ya no tenía nunca un espacio para hacer mis experiencias.
Por otro lado descubrí que si bien estos lugares maravillosos contaban con todo lo que yo necesitaba para dictar mi contenido, no reflejaban la esencia de lo que siempre había soñado: crear experiencias que van más allá de aprender a cocinar.
Yo necesitaba un lugar donde al terminar de cocinar o mientras lo hacemos, podamos sentirnos en casa, sentir que hacemos parte de algo así sea durante alguna horas, que inspirara e invitara al encuentro, la sinergia y el compartir.

Fue así como en un arranque de frustración comencé a soñar en tener mi propio taller de cocina. No voy a mentir, no tenía un peso para hacerlo y había pospuesto tanto este sueño que me daba mucho temor; pero como la vida también me ha enseñado que los miedos no se esquivan sino que se atraviesan, me monté en esta “vaca loca”.
Una vez tomé la decisión comencé a abrir la boca y a compartir mi idea con amigos y familiares. Para ir un poco más allá y meterme un poco más de presión (como si no fuera suficiente con la que yo misma me meto), decidí hacer un diario del proceso a través de redes sociales sin más propósito que automotivarme y por qué no, motivar a quienes como yo, también han sentido inseguridad a la hora de dar algún salto, el que sea.
Gracias a esta decisión de comunicar mi sueño al mundo, todo comenzó a encajar.
Aparecieron muchos ángeles en forma de amigos, hija, papás y hermano, que una vez más creyeron en este pechito y me dieron la mano de diferentes maneras. Solo ellos saben lo infinitamente agradecida que estoy.
Construí un espacio mágico y acogedor que juega con esa clandestinidad que tanto me atrae, y que ha ido evolucionando con el paso del tiempo.
CONOCE A QUIENES HACEN LA MAGIA
Calle 109 con carrera 15, Bogotá. Parqueaderos públicos disponibles a solo unos pasos.
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